Diversidad funcional y salud

Áreas:

Descargar artículo en PDF

Isabel Mosquera

La diversidad funcional alude al fenómeno por el cual todas las personas somos dependientes, pero resaltando las diferencias existentes en las capacidades de las personas (1). Se aleja así del término “discapacidad”, en el cual se incide en los aspectos negativos de la interacción entre una persona con un problema de salud y sus factores contextuales, tanto ambientales como personales (2). A pesar de ello, la sustitución de la terminología de discapacidad por diversidad funcional no está exenta de debate (3).

En 2011 se estimaba que alrededor del 15 % de la población mundial presentaba diversidad funcional, y el 2-4 % experimentaba dificultades importantes en su funcionamiento (2), que podrían llevar a una pérdida de autonomía personal y la necesidad de cuidados para realizar actividades de la vida diaria (4). Por su parte, en España en 2015 el 5,9 % de la población en edad activa (1.774.800 personas entre 16 y 64 años) era diversa funcional (5). Es previsible que, con el envejecimiento de la población y la incidencia alta de enfermedades crónicas y degenerativas (6), aumente la proporción de personas con diversidad funcional.

Las personas de este colectivo presentan una posición socioeconómica menos aventajada que la de la población que no es diversa funcional (5). Las personas con diversidad funcional muestran peores resultados académicos y su participación en el mercado laboral es inferior (2). Así, en España en este colectivo, el 5,8 % no tiene estudios (siendo el porcentaje mínimo en población general) y su tasa de empleo es 23,4 % (frente al 60,9 % de la población general) (5). Las personas diversas funcionales que trabajan lo hacen menos horas y por menos dinero (7), y presentan un mayor riesgo de abandonar el empleo (8). Sin embargo, algunas personas muestran resultados laborales positivos, apuntándose la necesidad de estudiar características individuales que pudieran explicarlo (9).

La diversidad funcional se asocia con la pobreza, que puede derivar en exclusión social

Asimismo, la diversidad funcional se asocia con la pobreza, que puede derivar en exclusión social (5, 10). En el caso de España la tasa de riesgo de pobreza y exclusión social en población con diversidad funcional se sitúa en el 30,9 % (siendo 26,1 % en la población general) (5). La relación entre diversidad funcional y pobreza va en los dos sentidos. Por un lado, las necesidades de las personas diversas funcionales para tener un nivel básico de bienestar son superiores a las de personas sin limitaciones, con el consiguiente desembolso económico que supone a un colectivo frecuentemente desempleado. Por otro lado, la pobreza puede ser una causa de diversidad funcional ya que unas peores condicionales de vida, una peor alimentación o un acceso más limitado a la asistencia sanitaria y materna pueden llevar a diversidad funcional influida, entre otros factores, por el bajo peso al nacer y/o una cobertura vacunal incompleta (7).

La desigual posición social de las personas con diversidad funcional respecto al conjunto de la sociedad podría explicar su mayor vulnerabilidad a enfermedades secundarias prevenibles, comorbilidades y trastornos relacionados con la edad, además de sus tasas más elevadas de comportamientos de riesgo, como el consumo de tabaco, dieta inadecuada e inactividad física (2). Asimismo, la diversidad funcional puede verse asociada a un estigma, que tiene un impacto tanto psicológico como físico en la salud. Entre las personas con limitaciones intelectuales, la autopercepción de estigma se ha relacionado con menor autoestima y aspiraciones de futuro, menor calidad de vida y más síntomas psiquiátricos (13, 14).

Poniendo el foco en la población joven, el efecto sobre la salud mental que tiene la diversidad funcional parece estar mediado de manera importante por el acoso (15, 16). Entre la población joven con limitaciones también se han descrito resultados en salud sexual peores que el de quienes no las presentan, especialmente entre las mujeres. Estas refieren en mayor medida haber tenido relaciones sexuales no consentidas y diagnósticos de enfermedades de transmisión sexual (17).

Entre las personas de este colectivo, parte de ellas presenta limitaciones funcionales. Estas personas se ven afectadas por barreras arquitectónicas que les impiden o dificultan su vida cotidiana. Por ello, es fácil entender cómo las intervenciones encaminadas a mejorar la accesibilidad en el hogar, tales como puertas accesibles para sillas de ruedas, baños adaptados o rampas, resultan beneficiosas para su salud, traduciéndose en que presentan mejor calidad de vida y desempeño de actividades de la vida diaria que aquellas personas que viven en entornos no accesibles. Estos beneficios conllevan impactos positivos en la salud de las personas con limitaciones funcionales, como una mayor seguridad y la prevención de caídas y lesiones, pero de ello también se benefician sus familiares y personas cuidadoras (11). Además, las actividades dirigidas a hacer que las personas con problemas de movilidad puedan salir de su hogar (como las salidas con personas acompañantes voluntarias) también redundan en resultados positivos sobre la salud puesto que mejora su red social y se reduce su aislamiento, con lo que mejoran su salud percibida y su salud mental (12).

En resumen, las personas con diversidad funcional viven en una situación de desigualdad que les sitúa en una posición menos aventajada en términos de salud, por lo que deben tenerse en consideración en el diseño de políticas públicas.

 

Descargar artículo en PDF