Género y salud

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La salud de hombres y mujeres es diferente y es desigual (1). Ello quiere decir que, por una parte, existen diferentes características biológicas que determinan el funcionamiento de los cuerpos de las personas y que nos hacen enfermar o ser vulnerables ante determinados factores de riesgo de forma diferente a hombres y a mujeres. Así, la capacidad reproductiva de las mujeres, la diferente concentración de hormonas sexuales, la influencia que la expresión de los genes tiene en los cromosomas X e Y, la especificidad de algunos órganos corporales o el tamaño de los mismos establecen diferencias en los patrones de salud y enfermedad de hombres y mujeres que, en principio, son inmutables. En este sentido, no sorprenderá el hecho de que el cáncer de próstata sea una enfermedad de hombres o que muy mayoritariamente el cáncer de mama lo sea de mujeres.

Por otra parte, sin embargo, la salud de hombres y mujeres es también desigual, lo cual no se explica por sus diferentes características genéticas o fisiológicas. Se trata, de desigualdades en las oportunidades de disfrutar de una buena salud que se generan como consecuencia de los roles y espacios, así como de las prácticas, símbolos, representaciones, normas y valores que socialmente construimos a partir de las diferencias sexuales y que sitúan a las mujeres en una posición de subordinación respecto a los hombres. De forma bastante unánime, los estudios que han analizado estas desigualdades de género en la salud han concluido que mientras las mujeres tienen una esperanza de vida mayor, su salud, en términos generales, es peor. Esta aparente paradoja tiene una explicación que es coherente con el efecto desigual que la construcción social del género tiene en la salud de hombres y mujeres. Así, por una parte, el desempeño del rol masculino hegemónico consiste en la demostración de fuerza y valentía y en el rechazo del dolor, de la debilidad y de la vulnerabilidad y, en general, de todos aquellos estereotipos de “feminidad” vinculados al cuidado, el respeto, las conductas precavidas o la sensibilidad.

En términos de salud estos atributos han expuesto a los hombres a riesgos con gran impacto sobre la mortalidad prematura como los accidentes de tráfico, otras causas de mortalidad como los suicidios o los homicidios, los accidentes laborales y hábitos de vida como el consumo de alcohol y tabaco que han influido directamente sobre su menor esperanza de vida. Asimismo, el modelo de masculinidad hegemónica ha requerido de los hombres un menor cuidado de sí mismos, realizando menores prácticas preventivas y visitando menos a los/as profesionales de la salud en caso de necesidad. Si bien la mayor longevidad de las mujeres es una evidencia irrefutable, es cierto que, en los últimos años, los cambios que se están produciendo en las relaciones de género y la transformación de las estructuras de desigualdad entre hombres y mujeres, están provocando una disminución de la brecha entre la esperanza de vida de ambos sexos (2).

Los estudios muestran sistemáticamente que las mujeres gozan de una peor salud, que se concreta en su peor autovaloración de su salud, su mayor carga de enfermedades crónicas y su peor salud mental.

En este caso, la explicación apunta a que la posición jerarquizada en términos de poder entre hombres y mujeres en las sociedades patriarcales expone a estas últimas a experiencias de discriminación y desigualdad en relación a sus condiciones de vida y trabajo a lo largo de su vida, que impactarían negativamente sobre su bienestar físico y mental. Así, la segregación de género en el mercado laboral, la mayor carga de trabajo doméstico y de cuidados de las mujeres, su mayor riesgo de exclusión social y su menor presencia en espacios de toma de decisiones (3) sometería a las mujeres a mayores niveles de estrés y menor capacidad de acceso a recursos que protejan su salud (4). En este sentido, se ha mostrado, por ejemplo, cómo los roles de género tradicionalmente atribuidos a mujeres y hombres y, en particular, las diferencias en el uso del tiempo que implican tales roles –especialmente a tareas relacionadas con el cuidado por parte de las mujeres– son variables relevantes en las desigualdades de género en términos de salud mental (5). Asimismo, la mayor exposición de las mujeres a situaciones de violencia física, simbólica o sexual ha favorecido la mayor aparición de trastornos mentales en ellas (6).

Por su parte, la investigación sobre género y salud ha puesto también en evidencia el androcentrismo de la ciencia médica y las desigualdades de género en la práctica de las profesiones sanitarias, o lo que han venido en llamarse los sesgos de género en la atención sanitaria. A pesar de que el propio término “sesgo de género” presenta limitaciones, ya que no se trata sólo de simples desviaciones o imperfecciones del sistema médico, sino que son cuestiones estructurales del propio sistema (7), multitud de estudios han descrito que existen desigualdades en el diagnóstico y tratamiento médicos entre mujeres y hombres, que no son justificables por la evidencia científica existente (8). Si bien el impacto de estas diferencias puede ser positivo, negativo o neutro para las mujeres, dado que la mayoría de los estudios en los cuales se basa la práctica médica se han realizado predominantemente con hombres o animales machos (9), el sesgo de género tiene más probabilidades de perjudicar a las mujeres por un mecanismo de desconocimiento –o de negligencia del conocimiento disponible– acerca de sus formas de enfermar y de sanar. Un ejemplo paradigmático de los sesgos de género en la atención sanitaria lo constituye la medicalización de la salud mental en las mujeres, a las que, según algunos estudios, se tiende a diagnosticar más frecuentemente como enfermas mentales que a los hombres, incluso a igualad de síntomas (10). Asimismo, se ha documentado que incluso a igualdad de diagnóstico o sintomatología y número de consultas realizadas, las mujeres son más frecuentemente medicadas con psicofármacos (11).

Amaia Bacigalupe

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