Posición socioeconómica y salud

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Erika Valero y Amaia Bacigalupe

Una de las conclusiones más consistentes en la investigación en salud pública describe que las personas de posiciones socioeconómicas más desfavorecidas viven menos años y tienen peor salud. La razón que lo explica es que tanto los recursos promotores y protectores de la salud, como los factores de riesgo a los que están expuestas las personas están muy condicionados por sus condiciones socioeconómicas. La posición socioeconómica es uno de los principales mecanismos de estratificación social, y se define como la conjunción de activos y recursos materiales (salario, riqueza, y credenciales educativas) así como de aspectos relacionados con el prestigio y el estatus social (consumo de bienes, servicios y conocimientos) que definen, en su conjunto, la localización de las personas en la jerarquía social e influyen en su salud (1).

A la hora de analizar la relación entre la posición socioeconómica y la salud, hay varios indicadores que nos permiten aproximarnos a la localización estructural de los grupos en la jerarquía social. Entre ellos los más importantes son los siguientes:

  • Nivel educativo: Proporciona información sobre la acumulación formal de conocimientos, herramientas y capital simbólico que dan acceso a otros recursos, como el empleo o la vivienda, y facilitan la comprensión y utilización adecuada de la información. Puede medirse de forma relativamente sencilla en todas las personas, pero apenas informa de la calidad de la educación recibida, y puede producir sesgos debidos a las diferencias entre generaciones o entre países en el significado social del nivel educativo.
  • Clase social: Aporta información de la posición de las personas trabajadoras en el mercado laboral. En función de la tradición sociológica, incluye las características y la situación del empleo o, en cambio, las características de las relaciones sociales de la producción y los bienes de organización.
  • Renta: Es un indicador útil sobre los recursos materiales con que cuentan las personas y que les permiten acceder a bienes y servicios diversos (vivienda, transporte, alimentación, cultura, etc.).

El estudio de las características socioeconómicas de las áreas de residenciales permite analizar el impacto del entorno social sobre la salud

Además de estos indicadores individuales, a menudo el interés radica en medir las características socioeconómicas de las áreas de residencia (habitualmente, pueblos/ciudades, barrios o demarcaciones más pequeñas como secciones censales) que permiten analizar el impacto del entorno social sobre la salud, más allá de los atributos individuales de las personas. Se recurre a medidas promedio de renta, exclusión, desempleo, o a indicadores sintéticos que incorporan varias de esas medidas, como es el caso del índice de privación socioeconómica Medea, extensamente utilizado en el contexto español (1).

En relación al nivel educativo, se ha demostrado que aquellas personas con mayor grado de formación viven más tiempo (2 ,3) y con mejor estado de salud (4, 5) que quienes cuentan con niveles formativos inferiores. Tanto en EEUU como en varios países de Europa, se han detectado importantes diferencias en la esperanza de vida según el nivel de estudios alcanzado por los individuos (6, 7). Asimismo, el nivel educativo parece constituir un buen predictor de la salud y la mortalidad de las personas tanto en países desarrollados (5, 8, 9, 10) como en países de Asia o América Latina (11, 12), aunque con variaciones en la intensidad de esas asociaciones en función del momento y el lugar. Hay que tener en cuenta que la formación puede tener diferentes significados y distinto potencial beneficioso según el territorio y el momento histórico. Por último, algunos estudios también han demostrado que el nivel educativo también puede ser un buen predictor de la morbilidad adulta, la incapacidad, la esperanza de vida y la salud autopercibida (2, 3, 10, 11, 12, 13, 14).

Algunos de los mecanismos propuestos para explicar el rol del nivel educativo en el estado de salud tienen que ver por un lado, con la adopción de comportamientos y estilos de vida saludables, así como de la correcta utilización de los servicios y recursos sanitarios (10, 15, 16, 17, 18), y por otro, con la exposición a y la capacidad de enfrentarse a experiencias vitales estresantes (17, 19, 20). En este sentido, las personas con menor nivel educativo no sólo estarían expuestas a un mayor grado de estrés sino que tendrían menos recursos o habilidades para hacerle frente.

En relación al efecto de la clase social, algunos estudios comparan la mortalidad de trabajadores de tipo manual frente a los de tipo no manual, con resultados más favorecedores para estos últimos (21, 22, 23). Asimismo, se ha encontrado asociación inversa entre mortalidad y clase ocupacional, es decir, que a mayor rango laboral, menor tasa de mortalidad, especialmente en relación a las muertes relacionadas con el aparato cardiovascular (24, 25) así como mayor esperanza de vida y esperanza de vida en buena salud (2, 3). Algunos estudios sostienen que un estatus socio-laboral superior protege a los individuos del estrés vinculado a condiciones de trabajo alienantes, les proporciona una percepción de mayor control sobre su vida y contribuye a disminuir su nivel de ansiedad (26, 27, 28). Por último, una mejor posición laboral se asocia a un mejor nivel de ingresos y por tanto, a un mejor acceso a recursos materiales. Esta idea se desarrolla en mayor medida en el apartado Renta, Pobreza y Salud.

 

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