Sexualidad, género y salud

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Maite Morteruel

Nuestras sociedades, a lo largo de los tiempos, han estado asentadas en un sistema de relaciones de poder fuertemente anidadas y reproducidas en torno al género. Así, bajo este sistema, se ha establecido un modelo de sexualidad basado en las categorías de hombre y mujer. En torno a estas categorías, se han impuesto dos géneros o modelos de comportamiento socialmente deseables, donde lo masculino y lo relativo al mismo, se ha considerado normativo y, por tanto, deseable y hegemónico (1). Este binarismo crea dos supuestos, también normativos, principales: por un lado, la expectativa social de que las personas crezcan y vivan siguiendo aquellos modelos de comportamiento acordes con el género que se les asignó al nacer (cisnormatividad) (2); y, por otra parte, que las personas establezcan relaciones afectivo-sexuales de acuerdo a la heterosexualidad, como modelo ideal, natural y deseable de relación afectivo-sexual (3). Este sistema normativo en torno a la identidad de género y la orientación sexual ha conllevado históricamente y hasta el día de hoy, la invisibilización, discriminación y persecución de la población LGBTI+ (lesbiana, gay, bisexual, trans, intersex y demás identidades que no se enmarcan dentro de la binaria) (4). Así, a lo largo del planeta, estas personas tienen más posibilidades de ser víctimas de múltiples formas de violencia y de violaciones de los derechos humanos y libertades, a la vez que estos hechos permanecen, a menudo, ocultos y están exentos de sus correspondientes consecuencias legales y penales (5, 6).

La población LGBTI+ tiene menos posibilidades de gozar de los máximos niveles de salud y bienestar, con respecto a la población cis y heteronormativa (3). Fredriksen-Goldsen et al (7) proponen un marco explicativo sobre los factores que inciden en las desigualdades en salud que afectan a esta población y a los diferentes colectivos que la componen. Así, el marco establece que existen factores estructurales, relacionados con leyes y políticas que no satisfacen las necesidades de estos colectivos y dan lugar a un contexto de opresión, que es reproducido también por parte de las instituciones y de estigma por parte de la propia sociedad. A su vez, estos elementos repercuten en la salud física y mental a través de diferentes procesos de carácter social o relacional, relacionados con las conductas, psicológicos y biológicos.

A nivel social, la exclusión y la discriminación predisponen a que las personas LGBT estén expuestas al aislamiento social

A nivel social, la exclusión y la discriminación predisponen a que las personas LGBT estén expuestas al aislamiento social, si bien aquellas personas que a lo largo de su vida han desarrollado recursos sociales, pueden ver reducidos los efectos negativos sobre su salud (8). En el caso de las conductas relacionadas con la salud, las personas pertenecientes al colectivo LGBT presentan un mayor consumo de tabaco, alcohol y otras sustancias (7, 9), factor que se ha relacionado con las experiencias de discriminación vividas por este colectivo (7). Asimismo, la discriminación puede estar asociada con un mayor riesgo de obesidad, el cual se ha encontrado con mayor frecuencia en las mujeres lesbianas en comparación con aquellas heterosexuales (9). Por otra parte, se ha reportado un menor acceso a los programas de cribado, así como a los servicios preventivos en general (7, 9), que, en el caso de las mujeres lesbianas y bisexuales, se ha relacionado con la percepción de discriminación ejercida por parte de los servicios sanitarios.

Como consecuencia de estos procesos las personas LGTBI+ presentan peores resultados de salud, reportándose mayores tasas de trastornos de salud mental (10), suicidio (11), así como de consumo de tabaco, alcohol y otras sustancias (7, 9). Asimismo, existen problemáticas específicas en cada grupo de población. Por ejemplo, las mujeres lesbianas y bisexuales presentan una mayor prevalencia de asma, artritis y enfermedad cardiovascular (12) y ciertos tipos de cáncer (13). Por su parte, los hombres gays y bisexuales tienen mayor probabilidad de padecer infecciones de transmisión sexual, cáncer anal, de próstata, testículos y colon (14), así como trastornos de la alimentación (9). Asimismo, el colectivo de personas trans padece, en mayor medida, muestras de discriminación, violencia y tiene mayor riesgo de suicidio (15). Dentro de este colectivo, se identifican, además, grupos de personas en especial situación de vulnerabilidad por padecer mayor discriminación, como el colectivo de jóvenes (16, 17), personas trabajadoras sexuales, mujeres indígenas y de raza negra (18, 19).

Las necesidades del colectivo LGTBI+ varían también a lo largo del ciclo vital, de manera que, durante la adolescencia y primeros años de juventud, el riesgo de suicidio y de carecer de vivienda es mayor (9). En la edad adulta, el consumo de tabaco, alcohol y abuso de drogas es más elevado en el colectivo LGBT y, durante la vejez, padecen mayor aislamiento social y se enfrentan a la escasez de servicios sociales y de salud que den respuesta a sus necesidades (20).

El ámbito de atención sanitaria no está exento de ejercer ciertos tipos de discriminación hacia las personas LGBTI+ y de perpetuarla, a menudo, a través de mecanismos relacionados con prejuicios, estereotipos sociales y culturales, así como con la falta de información precisa. Así, algunos mecanismos descritos y denunciados por los movimientos activistas a favor de los derechos de la población LGBTI+ han sido las intervenciones sobre las personas LGTBI+ que, sin estar justificadas en términos de mejora de la salud y el bienestar, han conllevado impactos negativos. Un ejemplo es la patologización de las formas de identidad no normativas y de los procesos de transición de género, consistentes en tratamientos hormonales o quirúrgicos para modificar el cuerpo. Desde el movimiento activista por la despatologización trans se ha denunciado un modelo de atención fuertemente sesgado por criterios binarios y heteronormativos, que ha limitado que las personas trans adopten decisiones informadas y, por tanto, libres sobre su propio cuerpo y su proceso de transición (21). Asimismo, intervenciones de este tipo ejercidas sobre población menor y realizadas sin justificación clínica, han sido denunciadas por organismos internacionales de Derechos Humanos, quienes han demandado su cese (21).

Los servicios de salud no están exentos de barreras que obstaculizan el acceso de la población LGBTI+ a una atención sanitaria que dé respuesta satisfactoria a sus necesidades

Por otra parte, los servicios de salud no están exentos de barreras que obstaculizan el acceso de la población LGBTI+ a una atención sanitaria que dé respuesta satisfactoria a sus necesidades. No en vano, existe un menor uso de los servicios sanitarios, especialmente de los servicios de prevención, entre el colectivo LGTBI+ (22). Algunas de las barreras de acceso identificadas son la existencia de actitudes discriminatorias por parte de profesionales de la salud, la falta de conocimientos por parte de estos acerca de las necesidades de atención específicas de estos colectivos, el carácter cis y heteronormativo del sistema sanitario, o la falta de confianza por parte de estas personas en la confidencialidad relativa a las cuestiones de su salud (18). Asimismo, estos colectivos presentan menores grados de cobertura sanitaria (22).

Como consecuencia de todos estos mecanismos que operan tanto a nivel estructural a través de la jerarquía social, como en el ámbito del sistema y la atención sanitarios, el colectivo de personas LGBTI+ presenta importantes desigualdades de salud, que van en aumento, y que se traducen en potenciales efectos negativos en su salud (9, 18).

 

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